La formación BIM es efectiva cuando se diseña pensando en el trabajo real del equipo. El error más común es formar solo en herramientas sin conectar con procesos: el equipo aprende comandos, pero sigue sin saber cómo estructurar un proyecto, cómo nombrar, cómo coordinar o cómo entregar.
Una formación útil empieza con un diagnóstico: nivel del equipo, tipo de proyectos, entregables habituales y objetivos concretos. A partir de ahí se define un recorrido práctico: plantillas, estándares internos, criterios de modelado por fase, parámetros, mediciones, coordinación y control de calidad. Lo ideal es trabajar con un proyecto real (o un caso muy similar) para que lo aprendido se convierta directamente en un flujo replicable.
Además, la formación debe incluir documentación reutilizable: guías internas, checklists y ejemplos que el equipo pueda consultar después. BIM no se consolida en dos sesiones si no hay seguimiento. Cuando se acompaña el proceso, se reducen dudas, se corrigen vicios desde el principio y se consigue que BIM se traduzca en productividad y control, no en más carga de trabajo.